Anwynn ex Merinita

Cuentan las historias que, hace muchos años, hubo en Britania un rey de reyes, un caudillo supremo que unió a los hombres libres bajo su bandera y su espada para poder salvar su patria de la opresora horda de bárbaros paganos salvajes que estaba asentándose en aquellas tierras al canto del hierro y la luz del fuego.

 

Miradles. Son los hombres libres de Britania. Se han reunido del norte y del sur, de las costas y de tierra a dentro. De las viejas ciudades romanas y de las ásperas colinas que antes eran fértiles, cuando el aire no era tan frío en el mundo. Sus pesados mantos esconden largas espadas y escudos de varias formas y colores. Sus pies calzados con sandalias, con botas de cuero blando, incluso descalzos, pisan la fina hierba o las pulidas piedras de las antiguas calzadas.

 

Ya no hay emperadores, ya no hay amos. Cuentan las historias que, hace siglos, aquí vivía un pueblo antiguo y orgulloso, un pueblo guerrero y mágico que trenzaba sus cabellos y ceñía sus cabezas con bellos cascos de bronce mientras montaban en poderosos carros. Eran los celtas. Luego, llegaron los romanos. Ellos trajeron el orden y la paz. Había ley, había luz, había progreso y riqueza. El mundo entero floreció bajo su mano de acero. Y con ellos, tiempo después, llegó la cristiandad y su fe salvadora. Los dioses ya no eran estatuas de piedra fría ni pequeños ídolos de metal ni tampoco viejas leyendas de los bosques. El nuevo Dios hablaba de amor, de paz, de la victoria de los humildes y de los que padecen sobre la muerte y la tristeza. Un Dios de esperanza y de piedad. Y Britania siguió prosperando. Dónde antes sólo había pequeñas casuchas, habían crecido hermosos pueblos, donde había poblados con empalizadas, había ciudades con palacios, templos de piedra y murallas sólidas.

 

Y luego Roma se fue. Los tiempos habían cambiado. Incluso los cielos se habían opuesto a la gloria del Imperio y volcaba su nieve y su frío sobre el mundo hasta helar ríos en el invierno. Las riquezas se habían marchado y, en los oscuros bosques del este y el norte, los bárbaros cual lobos hambrientos, habían penetrado en una avance constante por doquier. Pueblos salvajes cuya civilización distaba mucho de la romana y adoradores de dioses sanguinarios y siniestros que se dedicaron a asolar campos, saquear ciudades y amenazar el mismo corazón imperial, la Roma Eterna.

 

Así que no les quedó otro remedio que retirar las legiones de Britania. Demasiado costoso, demasiado lejano, demasiado aislado… sobre todo cuando las legiones eran más necesarias en otros lugares.

 

Pero no se fueron las gentes. Romanos y celtas habían cruzado sus sangres y culturas. Ahora los romanobritanos eran amos de su propio destino y únicos defensores de su hogar. Pero estaban solos, y poca ayuda podría venir de más allá del mar, puesto que allí tenían sus propios problemas y no eran menores. Gracias al mar, Britania se mantuvo a salvo, un tiempo, breve. Demasiado breve. Y llegaron los sajones.

 

Anglos, jutos y sajones. Tres pueblos que habían estado asentados en Germania siglos y siglos, comienzan a cruzar el mar en pequeñas embarcaciones. Primero unos pocos, luego en masa. Naciones enteras empiezan a moverse, espoleados por el hambre y los terribles inviernos. Otros pueblos les empujan por detrás, con mayor desesperación y ellos entran en el agonizante Imperio en busca de un futuro más propicio en tierras más dulces.

 

Pero algunas de esas tierras ya tienen sus propios hijos.

 

Han pasado los años desde que las legiones se fuesen. Han pasado años desde que los primeros bárbaros empezasen a desembarcar en la isla. Camulodumum, Londinium, Verulamium, Camboricum, Lindum… y tantos sitios están ya bajo el yugo bárbaro que está constituido en dos reinos, uno al norte, otro al sur. Ambos pueblos, los ciudadanos de Britania y los invasores de más allá del mar se han enfrentado en mil batallas, ganando unas éstos, perdiendo otras luego. Y ahora, uno de sus caudillos más poderoso del reino sajón del sur, ha levantado un temible ejército como no se había visto ninguno en Britania desde tiempos de los Césares para conquistar occidente.

 

Pero los valles y colinas, las ciudades y pueblos han aceptado a un poderoso hombre, nieto de poderosos purpurados, valiente guerrero sin par, noble de sangre y de alma, aconsejado bien por buenos y leales amigos y por un sabio de la Antigua Tradición hijo salvado de un demonio y una mujer célibe según se dice.

 

Miradles pues, bajo el estandarte del Dragón, bajo el mando de Ambrosio Aureliano, que los britanos llaman Athrwys en su ancestral lengua vernácula, yendo al encuentro de las hordas sajonas que les superan en número. Van al Monte Badon, donde Amalrico y sus soldados se encuentran rodeados por Aelio de Sussex y sus aullantes huestes armadas con lanzas, escudos redondos y pieles de lobo en los hombros a punto de lanzarse al exterminio de los resistentes. Mirad entonces a los que van en su rescate, armados con la espada y el caballo, pero sobretodo, armados con el valor y la esperanza.

 

Hoy es la batalla del Monte Badon. Hoy se decide el destino para lo que queda de la Britania libre por muchos años. Hoy el Padre Tiempo levantará su mano del Libro de los Años y mirará el curso de esta batalla de unos pocos valientes contra unos muchos brutales.

 

En la aldea de Gorwydd, una de las aldeas de los silures en Britania Prima, la noble hija del jefe de la aldea, la hermosa Dylwen camina por los senderos floridos. La siguen, como siempre. Y como siempre, la pierden. Su padre le prohíbe salir de su aldea, de su casa, de su cuarto. Pero cada atardecer, Dylwen consigue salir de su hogar y camina por los senderos del bosque. Son pasos suaves, caminos sinuosos que sólo transitan los animales. ¿Sólo? Tal vez no.

 

Dylwenn está en cinta. Por eso su padre la ha castigado. ¿Quién es el padre? Pregunta él una y otra vez. Pero ella calla, silenciosa y bella como el sol del invierno. El Jefe Gwynthyer pregunta a las familias de la aldea, pero los mozos resultan inocentes y desconocedores del hecho. Nadie es tan loco como para provocar la ira del poderoso guerrero. Pero ella está en cinta ¿Quién es el padre?

 

Los delicados pasos de ella se dirigen a los túmulos prohibidos. Todos saben lo que allí hay. La Buena Gente. Todos temen lo peor. Como cada día, corren para interceptarla, y como cada día, ella desaparece en la niebla. Mal agüero. ¿Quién es el padre?

 

Es de noche y los gritos de dolor resuenan en toda la aldea.

 

Hay un inexplicable miedo en el aire. Todas las casas brillan con la luz de las lámparas y las antorchas y todas las caras miran a la casa del jefe Gwynthyer. Su hija da a luz. Han pasado los nueve meses y el vientre de ella ya no da más para el bebé. Nadie sabe quien es el padre, pero las voces hablan en susurros. Misterios y rumores.

 

Las parteras han llegado y los cubos con agua caliente y los paños limpios se preparan. Hoy no llueve y un cielo estrellado cae sobre Gordwydd. El caudillo Gwynthyer no ha acudido a la llamada de la guerra en el este y los malos presagios sobre las repercusiones caen en la aldea aunque el jefe haya mandado a sus mejores hombres. Todos piensan lo mismo. Todos tienen un mal presentimiento. Algo oscuro está sucediendo en Gordwydd, aunque nadie quiere decirlo en voz alta.

 

La niebla se precipita desde el bosque. Los gritos aumentan. Las voces prestas de las parteras y las mujeres de la aldea hacen de coro ansioso en un ambiente que se va volviendo más y más extraño. Todo cobra un aire irreal, como cuando uno se despierta súbitamente de un profundo sueño. La niebla se espesa, se eleva por la empalizada como un ejército asaltante, corre como tentáculos blanquecinos entre las casas, por las calles. Nadie quiere creer lo que ve, pero las nieblas ascienden hacia la casa del jefe. No creas, no pienses, no veas.

 

Los gritos cesan. Un silencio más espeso que la niebla se cierne de repente sobre la aldea. La empalizada parece contener un embalse de tensión, de impaciente ansiedad que llega a su culminación cuando, de repente, se escucha el llanto de un niño romper en la noche.

 

Dentro de la casa, varias mujeres rodean a la madre que ahora respira con más calma mientras el caudillo observa a la pequeña criatura que lleva en sus brazos con estupor y sorpresa.

 

- Oh, Dios mío! Dylwenn… ¿qué has hecho? ¿Pero, qué has hecho? Con un dedo, el viejo guerrero toca las puntiagudas orejas del bebé que ha dejado de berrear y que observa a su abuelo con ojos dorados como el sol. - Su padre es… es…

 

En ese momento, la puerta se abrió con estrépito hasta salirse de sus goznes. Fuera, resonó un rayo y con la luz de la centella, apareció una figura en el umbral.