Los Piratas Sarracenos

El rumbo del Týr se vio alterado por una fuerte tormenta estival, que le obligó a ir hacia el sur, acercándose mucho a la costa de Egipto, un reino de infieles.

 

Cuando la nave recuperó su derrota hacia Tierra Santa, la alarma se dio por verse un barco sin bandera acercarse al amanecer. Sus remos poderosos le hacían moverse sin depender de la dirección del viento y los magos descubrieron que había infieles preparando un abordaje a bordo y escucharon la risa de un loco de entre aquellos piratas. A diferencia  de un barco normal enfrentándose a los piratas, el Týr constaba de varios magos a bordo, Lady Ofelia y los Maestros Ingvar y Anwynn. Ingvar convocó un poderoso golpe de viento que hizo gritar a los moros y que desvió casi todas las flechas que les lanzaban, pero no pudo evitar el disparo de dos catapultas que rompieron el mástil de la Týr. Los infieles viraron con rapidez, para evitar el asalto en el último momento, al ver el despliegue de poder y se marcharon, aunque de mala manera y con graves daños, por los ataques de las poderosas olas que Ingvar lanzaba sobre ellos. Sin embargo, el Maestro Anwynn fue herido durante el asalto, así como el señor Banish.

 

Con la ayuda de la magia de Ingvar, el Señor de las Tormentas, consiguieron llevar el barco hasta tierra, a una aldea de la costa, para poder hacer las reparaciones. El mástil estaba tan dañado que sólo la substitución de uno nuevo valdría. Pero allí no había árboles de suficiente altura ni de fuerza para hacerlo. Pensaron en buscar otro barco y conseguir así un mástil.

 

El pueblo, de infieles, se mostró pacífico y desarmado. Era una parada de caravanas, la última antes del desierto del Sinaí al suroeste. Los infieles, tímidos y temerosos de los “francos” se mostraron serviciales y colaboradores. Unos jefes caravaneros les dieron hospitalidad y les informaron de que conocían de otros asaltos a barcos en la zona en los últimos años por parte de alguien al que llamaban “el Pirata Sonriente”, pues los supervivientes decían que escuchaban sus risas de maníaco en las matanzas.

 

Había también un lugar, unas colinas a dos días de distancia, en el desierto, cerca de la costa, que los caravaneros solían evitar, puesto que desaparecían caravanas por allí pese a la existencia de una fortaleza llamada “El Castillo de la Media Luna Azul”. Con la ayuda del hijo de la única posada de la aldea, los de Auriga Maris se ponen en camino, con casi toda la tropa de Skady el Sucio como guardia.

 

Por el camino no surgieron problemas, salvo cruzarse con una caravana a la que asaltaron. Finalmente, llegaron a las colinas de la Luna Azul, y vieron el castillo, que fue inspeccionado por el señor Banish, quien iba invisible por un hechizo del Maestro Anwynn. Descubrieron unas grandes grietas submarinas en los acantilados de la costa, a un centenar de pasos del castillo y anduvieron a su interior el señor Banish y Taumeoo. En aquella grieta grande, estaba atada la galera que les había atacado, dañado pero con los mástiles intactos. Banish hizo una semiesfera de oscuridad cuando los infieles daban la alarma y bajaron temerosos al ver tamaño portento. Por su parte, los magos y los hombres de Skady iban bajando al lugar tras transformar la pared del acantilado en una escalera. Parecía que los piratas contaban con la presencia de algún tipo de bruja, quien intentaba calmar a los bárbaros, si bien, al intentar entrar uno, el señor Banish le decapitó y lanzó su cabeza a los piratas, quienes salieron corriendo por el interior de las cuevas llevados por el miedo.

 

Descubrieron que había en aquella parte de las cuevas, toda una chusma esclava, usada como remeros. Había infieles y cristianos por igual, cruzados y mercaderes. Con ayuda de la magia de Ingvar y Anwynn, salieron de allí y regresaron a la aldea, donde repararon el Týr y prosiguieron su rumbo, ahora, hacia Beirut donde el Quaesitor Félix procedió a ir hasta Damasco y recoger a Arash. Arash resultó ser un enigmático hombre que llevaba a tres personas con él, que hablaban por él de manera que causaba confusión e incomodidad a aquellos que intentaban tener un diálogo con él.

 

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