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16

ene

2010

De Lobos y Sarracenos

4 de Julio de 1220AD 1359 AA.

Aunque estoy cansado y quisiera dormir ya, he pensado que los hechos que hemos pasados estos últimos días, bien merecen un esfuerzo.

Salimos de Lisboa hace aproximádamente una semana. Los magidecidieron que fuésemos hacia el Mediterráneo, a busca fortuna. Así que fuimos hacia el sur hasta rodear el que Estrabón llama el Cabo Sagrado y, según él, no es el punto más occidental de Europa, sino de todo el mundo habitado por los hombres.

Ya, al poco de salir, comenzaron los problemas. Anwynn intentaba transformar la imagen de nuestros navíos en los de navíos de aspecto sarraceno. Pero los caprichos de su magia merinita hacía que uno de los barcos tuviese un aspecto cada vez más extraño. La primera vez, este barco tenía aspecto de estar dañado, lo cual no es que fuese preocupante. Lo fue después.

Esquivando los navíos que frecuéntemente navegaban en la zona costeradel Reino de Niebla y el Golfo de Gades, que los infieles llaman Qādis'. Sin embargo nuestro navío rebelde a la magia de Anwynn aparecía cual una piedra gigantesca que se desplazaba.

Fue al intentar cruzar el estrecho conocido como Las Comunas de Hércules cuando las cosas se complicaron. Si bien el tiempo amenazaba cambiar, sucedió algo fantástico. Unas columnas veíanse sobre las lomas de cada montaña a uno y otro lado del Estrecho. Dos, como las columnas que dan nombre al lugar, según me explicaron, pero desaparecieron justo cuando un rayo cayó en el agua a pocos cientos de pies delante de las proas de nuestras naves, dado comienzo a una tempestad brutal como jamás había visto. Y por lo visto no fui el único, porque a todos les asombró y asustó.

 

Visto que no era posible avanzar, nuestros capitanes intentaron llevar los navíos hasta una cala. Sin embargo, su pericia rivalizaba contra la fuerza de la tormenta. Nuestra formación se deshizo y uno de nuestros barcos fue dañado contra las rocas. Ofelia consintió llevarme en su lomo estando transformada para poder alcanzar la nave dañada y ayudar en las reparaciones. Así que hubo fortuna de que pudiese cerrar la vía de agua.

Finalmente nuestros barcos consiguieron embarrancar en una playa de arena blanca, ahora barrida por las olas y el viento, lo que sirvió de refugio hasta que pasó aquella tormenta extraña y poderosa.

Al día siguiente, y vigilantes de que los infieles nos hubiesen visto, procuramos sacar nuestras naves dañadas. Con ayuda de nuestra magia aunque no sin percances, conseguimos salir de nuevo a alta mar. Sin embargo, la magia merinita seguía decidida a causarnos problemas, puestoque en vez de parecer una embarcación mora, uno de nuestros barcos tenía la semblanza de un gigantesco tiburón.

Ya fue inevitable. Todas las gentes de las localidades costeras por las que pasábamos nos observaban asombrados y d'aquesta guisa, cruzamos finalmente las Columnas de Hércules, aunque no veíanse ninguna columna ni a estribor ni a babor.

La cosa se complicó más si cabe con la apariencia de nuestros barcos cuando al día siguiente, en lugar de tiburón, la Njord tenía el aspecto de un gigantesco lobo nadando. Fue, por tanto, inevitable que, al pasar el día, nos intentase dar alcance una flota mora llena de infieles armados. Por suerte, la magia de Anwynn fue en provecho, transformando en un dragón rugiente la imagen de uno de los navíos moros. Y pese a que repitió esto en una siguiente ocasión, dos barcos insistían en darnos alcance.

 

Ya anochecidos, intentamos acercarnos a tierra, pues corríamos el peligro de perdernos en aquellos mares y aparecer donde Circe embrujó a Ulises, pues el mediteráneo alberga antiguas y misteriosas magias. Al abrigo de la noche, invocamos con la ayuda de un libro una poderosa orca, que Ofeliase ocupó de agrandar y de ordenar que nos portase hasta las naves moras al maestro Pérle y a mí. Allí, usando el fuego del Flambeau y transformando yo los tablones del casco de su barco en manzanas para causar una inmensa vía de agua, hundimos ambas embarcaciones. Pese a que nos lanzaron flechas y saetas, mi magia evitó que ninguno de los dos saliésemos heridos y volvimos sanos y salvos a nuestro navío, donde ahora escribo estas palabras.

Espero que en breve podamos abandonar estas aguas infectadas de bajeles musulmanes y lleguemos de nuevo a civilizadas tierras cristianas, puesto que nuestro objetivo primero es la ciudad de Barcelona. Esperamos poder reparar allí nuestra flota antes de continuar camino.

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